Sicilia, el detective y la muerte

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Milagro Martín, José Abad, Yvonne Grimaldi y Laureano Núñez

Nos vamos a Italia. Desde allí nos han llegado algunos de los autores a los que podríamos llamar clásicos contemporáneos (Sciascia, Camilleri…) y se ha extendido al mundo gracias a su cruda visión de la realidad circundante. José Abad, desde la Universdad de Granada, nos trae el «caso Scerbanenco»: cómo este autor consiguió en sus cinco novelas publicadas entre 1940 y 1943, mientras Italia estaba en guerra, dar vida a un investigador atípico, Arthur Jelling, para reivindicar unos valores distintos a los de una Italia asfixiada por el fascismo. Introdujo claves de la novela anglosajona y se situó con su obra en «los límites de lo decible». J. Laureano Núñez, de la Universidad de Salamanca, analiza a través de tres novelas de Sciascia, Fruttero e Lucentini y Raul Montanari esa línea que une medicina e investigación policial, la misma que nos pintaría al Dr. House como un moderno Sherlock Holmes en la lucha contra la decadencia física. Núñez pone el acento en qué ocurre cuando el detective es el que está enfermo: una alegoría de una sociedad igualmente enferma o un estado privilegiado que favorece la resolución de un misterio. Milagro Martín Clavijo, de la Universidad de Salamanca, nos acerca la obra de Silvana La Spina, una siciliana que en sus cuatro novelas policíacas resume todas las características del género: un final no repararador, una historia que es casi un pretexto para reflexionar e interrogarse sobre el porqué de la injusticia humana y de la existencia en general y una Sicilia, la isla de la luz y del luto, de la Mafia, la omertà, las supersticiones y los ritos antiguos como lugar preferente para la ambientación de sus  novelas.  Desde la misma Italia (Universidad de Bolonia) llega Yvonne Grimaldi con un puzle matemático y lingüístico trazado María Isabel Fernández García. La novela Crímenes imperceptibles, de Guillermo Martínez, publicada en La serie di Oxford italiana, con sus mezclas de lenguas, supone para el traductor un thriller en el que hay algo importante de fondo: «ver cómo se inscribe el otro en el discurso literario de la novela de enigma».

«Son novelas irregulares, pero con un gran interés». Así define José Abad las obras protagonizadas por Arthur Jelling, un extemporáneo y gris archivero de Boston. Nada tendría esto de particular si no hubieran sido escritas por Giorgio Scerbanenco –de quien se cumple el centenario de su muerte el 28 de julio– en Italia y en plena época fascista, durante la guerra. Ver como el escritor se apropió de los mecanismos del género –que luego cristalizó en sus mejores obras protagonizas por Duca Lamberti– y el papel del «giallo» como voz disidente, son los puntos que destaca Abad de esta serie de libros. Abad ha explicado que no fue fácil escribir literatura policiaca en aquel momento: el país se había «fascistizado» desde 1925, el régimen anulaba cualquier intento de reflejar una realidad criminal y miraba con recelo todo lo que proviniera de la cultura anglosajona. Así, primero prohibió que en este tipo de novelas hubiera criminales de origen italiano y, posteriormente, en 1941, censuró a los autores extranjeros de este género: solo la editorial Mondadori, por ejemplo, tenía 23 colecciones de novela negra en marcha. Los autores agudizaron el ingenio y Scerbanenco, de una manera indirecta y colocando sus tramas en el extranjero, hace una crítica social soterrada. En plena «época del odio», su protagonista es un hombre gris, que no ama la violencia y que con su crítica al puritanismo de Boston está dejando caer una leve pero directa voz disidente al fascismo.

Laureano Núñez ha hecho una jugosa lectura transversal de dos novelas italianas protagonizadas por detectives enfermos: El caballero y la muerte, de Leonardo Sciascia. y Dios te está soñando, de Raul Montanari. Y llega a una lectura inequívoca: «La enfermedad, como la literatura, es una oportunidad de ver la vida desde una perspectiva distinta». Dicen que los médicos son tradicionalmente buenos lectores de novela negra, porque ambas disciplinas comparten en sus mejores momentos un amplio conocimiento de lo humano: la literatura negra puede plasmar como pocas el padecimiento de un personaje. El Vice de Sciascia tiene la seguridad de que va a morir y se aferra a su trabajo, va hacia la muerte sin perder un ápice de su dignidad, aceptándola en una especie de «ars moriendi». Al final del libro, Sciascia hace, por primera vez en toda su obra, de la muerte una experiencia narrable. La novela de Montanari, uno de los grandes artífices del resurgimiento del género en Italia en los 90, según Núñez, nos presenta a un excomisario sufriendo cuidados paliativos debido a un cancer terminal, sufriendo eso tan contempráneo de la reclusión del terminal para que nadie lo vea. En este caso, la enfermedad y sus tratamientos con morfina le producen una hipersensibilidad que le lleva a resolver un caso, en medio de viajes oníricos y testimonios que le van llegando. El detective como personaje inmóvil, subvirtiendo al clásico hombre de acción, y también otra regla básica del género: el protagonista ya no es el muerto que ha sido y cuyo crimen se investiga, sino el investigador cuya muerte va a suceder.

Milagro Martín Clavijo ha retratado la Sicilia negra a través de la obra de Silvana La Spina, una escritora poco publicada en España. Como toda buena nvoela negra, la autora trata el tema central: «El porqué de la existencia y el porqué de la injusticia». Sí, están presentes la mafia, las tradiciones ancestrales, las supersticciones, y sobre todo una «tierra que lleva al delito, y el delito a la muerte». Se ha hablado de que la luz abrumadora de Sicilia no permitía que arraigara allí el género negro, tan de contrastes y contraluces. Ya Andrea Camilleri dijo que lo que allí pasaba haría palidecer al Chicago de los años veinte, y Milagro es de la misma opinión. Y por encima de tramas e historias, Sicilia en el alma de delincuentes y policías, con rasgos muy definidos, reflejados en frases obtenidas al vuelo en la conferencia: «Sicilia es un ovillo, un enredo, una maraña, difícil de entender para el foráneo»; «Sicilia es un teatro: más que vivir, se recita»; «el pasado está totalmente presente, viajes historias y viejos pecados de los que no se habla, la omertá»; «llegar aquí a la verdad es una quimera». Silvana La Spina habla del alma negra de esa isla y de esa parte oscura de todos nosotros.

Yvone Grimaldi ha presentado un trabajo que, lejos de la luz abrasadora del Mediterráneo, se ubica en Oxford, en la frialdad de las matemáticas. La historia se hubiera podido titular: «el enigma de la cursiva desaparecida en la traducción italiana». Porque los libros también son la estricta forma, la ortotipografía, los símbolos comunes que nos hacen entender lo leído de una manera u otra. La novela Crímenes imperceptibles, del argentino Guillermo Martínez, es la base sobre la que Grimaldi y María Isabel Fernández han puesto su lupa para indagar en cómo reproducir la multiplicidad de voces del texto original, comparando la edición con una banda sonora cinematográfica en la que introducir disntintos elementos, cadena sonora que reproduce espacios, voces. Un detallado estudio que nos alerta ante la edición demasiado amiga de la prisa y del rigor necesario en la traducción para conservar el valor íntegro de la obra.

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