Ritmos negros para la realidad

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En las dos novelas que ha publicado el escritor catalán Lluís Gutiérrez hay elementos musicales ya desde sus títulos. «Putas, diamantes y cante jondo» y «La música de los muertos» demuestran el estilo narrativo de un autor que tiene una gran querencia por los ambientes y que, sin embargo, nunca pierde de vista los detalles. Su charla en el Congreso ha estado cargada de música: «Jazz y blues en el género negro» ha dejado escuchar su voz -cargada de sugerencias en secuencias cinematográficas arquetípicas y enunciadas improvisadamente- y la de los músicos que han cultivado estos dos géneros musicales a lo largo de la historia. «Cualquier género puedo llevar asociado un tipo de música. Pero no conozco otro que tenga una vinculación tan clara como el género negro», afirmó. Gutiérrez colocó el punto coincidente de ambos en la necesidad de expresar algo muy determinado: el dolor de la marginación en el caso del blues y la realidad que no lograba calar en la literatura de una América metida en plena Depresión.

Lluís Gutiérrez ha comenzado diferenciando el blues y el jazz. «Sin el blues, el jazz probablemente también existiría, pero sería algo muy distinto de lo que es», explicó. El blues nace como una queja, un lamento, de los esclavos que adaptaron las músicas africanas de sus lugares de origen, se acompaña con instrumentos sencillos -a menudo de fabricación casera en sus orígenes- y posee una estructura rígida. El jazz, sin embargo, se mueve en el terreno de lo instrumental, con instrumentos complejos y hace de la improvisación su principal seña de identidad.

El escritor ha conseguido crear en la sala un ambiente en el que las palabras se fundían con la música con toda naturalidad. Imaginaba escenas cinematográficas a ritmpo de «dirty blues», el tipo de sonido que eligió Hollywood para aquellas antiguas películas de género negro: «El sexo flotaba como el humo en un local cerrado, pero la moralidad de la época no permitía hacerlo explícito en el cine. La cadencia de esta música aportaba ese carácter sexual». Se han ido alternado músicas de jazz, blues urbanos -en los que se mezcla el rock, a su vez hijo del blues- y letras de canciones que ilustraban el ambiente de una época en el que los temas para las novelas negras estaban al alcance de la mano de los escritores.

Gutiérrez ha hablado de la génesis de la novela negra -en contraposición con la novela policíaca o de enigma- en su toma de conciencia social: la Ley Seca, la introducción de la heroína en Harlem, el gansterismo, la Depresión, el movimiento Hobbo…, «una época de grandes convulsiones. En las novelas de Agatha Christie parecía que toda Inglaterra estaba llena de barones y potentados, pero todos sabemos que era un país que también las estaba pasando canutas». El novelista ha enlazado a continuación al blues y al jazz con los movimientos y acontecimientos sociales que supusieron el caldo de cultivo para la novela negra clásica americana: los vagabundos que viajaban en plataformas de tren por todo el país, conocidos como Hobbo; la introducción de la heroína en Harlem por Lucky Luciano como banco de pruebas para fomentar nuevas adicciones una vez derogada la Ley Seca en 1933.

La narración de Lluís no ha acabado ahí: nos ha desvelado las claves cifradas de las letras del blues para que los amos de las plantaciones no entendieran sus mensajes, de cómo el jazz triunfa cuando se hace bailable, de cómo los músicos de las grandes orquestas bajan a los clubes de Harlem al terminar su trabajo para tocar la música que les gusta y de paso inventar el bop y el bebop… Distintas formas de expresar una realidad palpitante, música y narrativa unidas en un auténtico tiempo de convulsiones.

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