Relojes y ciudades

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De cómo contar la misma historia varias veces, en diferentes lenguajes, culturas y contextos, ha hablado hoy el catedrático de Teoría de la Literatura de la Universitat Autònoma de Barcelona Enric Sullà. La novela de Kenneth Fearing “El gran reloj” ha sido el punto de partida de su charla, que ha ido desgranando su argumento y las variaciones que ha sufrido en las tres adaptaciones cinematográficas que de ella se han hecho: la clásica norteamericana “El reloj asesino”, la más actual “No hay salida” y la francesa “Police Phiton 357” -versión no confesa, en la que, sin embargo, no es difícil detectar su antecedente literario-.

Las cuatro narraciones siguen el mismo patrón. En todas ellas se cuenta la historia de un tipo que seduce a la amante de su jefe. Éste, tras una discusión con ella y sin saber que su subordinado es quien se está viendo con su chica, la mata en un arrebato de furia y celos. Para evitar verse implicado en el asunto, ordena a un grupo de trabajadores encabezado por el que él cree fiel empleado investigar el caso y dar con un “falso culpable” que cargue con el delito. El problema es que el protagonista se paseó la noche del crimen con la mujer y fueron vistos en varios bares y clubs nocturnos. Así, todas las pistas que él mismo va recogiendo para liberar a su jefe le acusan a él directamente del asesinato. El suspense llega a su máxima intensidad cuando los testigos que les vieron pasear por la noche son citados para declarar. El protagonista se encuentra entonces ante una inquietante disyuntiva: reconocer su inocencia, pero admitir que él era el amante de la chica y perder así su familia y reputación u ocultarse ante los testigos citados por una investigación que él mismo coordina, sabedor de que así se mantendrá a salvo pero no podrá avanzar en su búsqueda de un culpable que le permita respirar tranquilo.

El relato mezcla la curiosidad de saber cómo saldrá el protagonista de un embrollo del que el público le sabe inocente con el suspense provocado por la certidumbre de que, tarde o temprano, alguien le identificará como el hombre sobre el que han caído todas las sospechas. Esa estructura se ha mantenido fiel en las cuatro narraciones analizadas por Sullà. Con las típicas variaciones impuestas por el contexto y la cultura -“No hay salida”, rodada en plena era Reagan, no se libra del tufillo anticomunista de todo el cine de la época-, las cuatro mantienen viva la imagen del reloj como símbolo del inexorable paso del tiempo que juega en contra del personaje principal y la idea del azar como una ruleta rusa capaz de volverse en cualquier momento contra ti.

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