La ciencia de la deducción

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Tenemos tres disparos y tres hombres en una mesa. La luz se apagó a la cuarta. Las postigos de las ventanas están echados. ¿Fueron tres disparos o tal vez fueron cuatro? Poco importa. No sabemos si ha habido víctimas, por lo menos ha habido gritos. Es preciso irse aproximando a la verdad muy poco a poco. A tientas, como quien busca en la oscuridad, reconociendo que la verdad se conforma de muchas verdades. Uno de los hombres de la mesa es médico forense. Al poco tiempo alguien enciende la luz. Los otros dos hombres permanecen callados, algo se traen entre manos. El forense no se levanta de su asiento, por encima de su cabeza desfilan imágenes de cuerpos en descomposición y variopintos escenarios de crímenes, lo vemos, nos regodeamos, pero no sabemos qué pasa por su mente. No puede ocultar su acento vasco. Conocemos su origen, su rostro aguileño, su nariz de una de las decenas de morfologías de narices que despistan a los investigadores, pero no sabemos, no tenemos ni la más mínima idea, de lo que se trae entre manos.

En alguna de las imágenes aparece su nombre. Francisco Etxeberria Gabilondo. ¿Habíamos dicho que las luces ya están encendidas? En uno de los cuadros colocados junto a la mesa es posible adivinar formas extrañas. ¿Fueron tres tiros o fueron cuatro? Pensamos en un señor llamado Tejero y en otro llamado Gutiérrez Mellado. El segundo es militar y no se levanta de su asiento, los disparos no le impresionan. Aquí tampoco nadie se levanta de su asiento. El forense ha comenzado a hablar y nadie quiere que se detenga. Está acostumbrado a estas cosas. También a los disparos. Aquí no hay víctimas. No lo parece. No es preciso transformar, por ahora, los cuerpos en objetos para lidiar con la podredumbre. Ya no hay muertos en la buhardilla, como decía Simenon, ahora los encontramos mejor en esas series americanas que el forense defiende por su fondo pedagógico y por el uso que hacen de la lógica y de la ciencia. En verdad eso es lo que importa. La ciencia para resolver un crimen.

El proceso siempre es el mismo. La lógica, inamovible. De la observación a la descripción, de la descripción a la interpretación y de ahí, si es posible, al significado legal y judicial. El forense explica su trabajo, su procedimiento. Hay que coincidir en la descripción objetiva. Imposible no estar de acuerdo. ¿Quién puede asegurar la certeza? Se jerarquizan interpretaciones, de la mayor certeza a la menor. Hablamos de la ciencia de la deducción, alguien así lo ha nombrado. Sigo pensando que fueron tres tiros. Es preciso demostrarlo, admirar el método. Ordenar, así dice el forense, trocitos de verdad lo mismo que en un puzle. ¿A partir de cuántos trozos de verdad podemos decidirnos a resolver algo? En el fondo, la búsqueda de la verdad es un ejercicio casi nunca completo.

Es preciso intentarlo, perseverar. Diferenciar entre cómo ha ocurrido, digamos criminalística, y por qué ha ocurrido, digamos criminología. El escenario es solemne, un aula de universidad, reyezuelos, prebostes y literatos. Las detonaciones sonaron secas, tajantes. Algún grito llegó del fondo de la sala. Rastrear en la escena del crimen, buscar los cabos sueltos, las hojas caídas, las huellas dactilares de alguien que está fichado. Desconfiar de todos. Ya lo sabemos. Al principio todos mienten. Buscar en cada rincón de la sala. También aquí el proceso sigue tres pasos. Indicio, evidencia y prueba. Cuando el indicio pasa por las manos de un profesional se convierte en evidencia, la prueba será cosa de los tribunales. Pero, lo dicho, no existe la verdad, existe la verdad formalmente obtenida. Lo hemos visto muchas veces, así el forense. Alcàsser, Asunta, Bretón y también Allende, Víctor Jara, Neruda. Los casos son múltiples, incontables, alguno de ellos incluso fuera de toda duda razonable, incluso un feto que pasa por extraterrestre y llavero en el desierto de Atacama.

Seguimos teniendo tres disparos y tres hombres en una mesa. El forense se llama Francisco Etxeberria Gabilondo. Los otros dos algo se traen entre manos. Saben organizar estas cosas como nadie. Tenemos alguna certeza pero muchas más dudas. Podemos hacernos infinidad de preguntas. Esa es la premisa de la ciencia de la deducción. ¿Fueron tres disparos o fueron cuatro? ¿De dónde llegó ese grito? ¿Ha habido víctimas? ¿Cómo sabemos si en una cama ha dormido un hombre o una mujer? En el fondo todo puede quedar reducido a la cuestión de saber si estamos vivos o estamos muertos. El porqué es secundario, relativo. Primero hay que ordenar esos pedazos de verdad, escuchar ese zumbido del mar en el oído para saber que seguimos con vida. Esa es la lógica, el método. Así el forense Francisco Etxeberria Gabilondo.

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