Javier Rodríguez Pequeño y la paradoja de la novela negra

7-mayo-2009
Sin categoría- V Edición

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En un mundo tan cambiante como el actual, en el que todo parece pasajero, el mantenimiento de la literatura policiaca resulta una paradoja. Para Javier Rodríguez Pequeño, el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid que ha intervenido en el congreso, la razón que permite explicar esa perdurabilidad reside en su carácter camaleónico. Bajo esa premisa, su intervención ha ido repasando diversas etapas del género, desde el policial clásico hasta los más recientes éxitos de Stig Larsson, analizando de qué forma las novelas han ido cambiando en su afán de reflejar la realidad.

Según Rodríguez Pequeño, sólo cuando la voz del criminal entra en escena se puede hablar de novela negra. Al policiaco no le interesa el autor del delito, como se puede ver en obras emblemáticas como las aventuras de Sherlock Holmes, en las que la importancia de Moriarty es mínima, más allá de su papel simbólico como «superhombre del mal». Conan Doyle no deja hablar al villano y ni siquiera hay diálogo entre los personajes para resolver el crimen, pues Holmes averigua la verdad gracias a su astucia. Todo, incluso la labor de narrador de Watson, está destinado a que el lector admire al detective, que une a su extraordinaria capacidad racional unas incomensurables dotes físicas. Las novelas de Agatha Christie son novelas de voces, en las que los personajes hablan continuamente y en las que Poirot o Miss Marple llegan a desentrañar los misterios gracias precisamente a dejar hablar a los sospechosos y comprobar sus miedos, errores o contradicciones. Sin embargo, tampoco en ellas es importante el criminal. Todo en el género policiaco es frío, sin sentimientos, sangre, lágrimas ni dolor. La novela negra, en cambio, ya está llena de verdad y realidad: los asesinos matan por razones que se comprenden aunque no se compartan, los muertos parecen de verdad y a los vivos les parece importar descubrir quién los mató por algo más que el lucimiento personal.

Los criminales van ganando su espacio en el género, de forma que de forma paulatina los autores comienzan a preguntarse ya no sólo quién mató, sino también y sobre todo por qué lo hizo. Interesa el criminal porque puede ser uno de nosotros. Tal planteamiento permite descubrir al asesino cuando es ocasional: quién mata una vez lo suele hacer por algo, llevado por algún motivo o consciente de obtener alguna recompensa, pero plantea numerosos problemas a la hora de atrapar a asesinos típicamente contemporáneos como los seriales. No hay móvil en quien mata por placer, con lo que necesariamente han de cambiar las reglas de la novela negra. Los personajes de Mankell o Falletti descubren a los culpables porque son capaces de descubrir qué se esconde tras la repetición de asesinatos o porque averiguan el leivmotiv de una serie en principio irracional, no porque analicen quién se beneficia del crimen.

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