Ficción dentro de la ficción, transgresión y griegos por conocer

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Antonio Portela, Eva Membrives, Jesús Montoya, Isabel Moreno y Anastasio Kanaris

La novela negra es ya un fenómeno global. Se podría trazar un mapa de cómo surge y se desarrolla el género en cada país o zona, incluso en cada ciudad; de cómo genera sus características especiales bajo las premisas más o menos fijas del género, e incluso de cómo se subvierten esas estructuras. Norte-sur, mediterráneo-nórdico… habría que hablar de muchos ejes o zonas de influencia. La profesora Isabel Moreno Ferrero ha moderado una mesa donde Anastasio Kanaris de Juan, de la Universidad de Salamanca, ha trazado una genealogía de la novela negra griega, poniendo atención en los escritores menos conocidos y constatando cómo la narrativa de este país ha ido adaptando sus temas a los cambios sociales y políticos. La conclusión: hay muy buenas novelas griegas más allá de Markaris. Eva Parra Membrives, de la Universidad de Sevilla, ha dedicado su intervención a la escritora alemana  Petra Hammesfahr, una mujer capaz de alternar obras de gran calidad y éxito etnre el público con libros más prescindibles. Su novela Dejad que jugen los niños aborda el tema de la pederastia sustituyendo los ingredientes típicos del género por una estrategia de tensión continua y amenaza que la hace muy interesante como objeto de estudio sobre las formas de narración criminal. Jesús Montoya Juárez, de la Univesidad de Granda, se extendió hablando de la nouvelle  Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, del uruguayo Mario Levrero, donde un personaje histórico de la ficción de masas le sirve a Levrero para hablar sobre la descomposición del sujeto en un panorama político muy determinado, la dictadura uruguaya de los años setenta. Antonio Portela Lopa, de la Università Ca’Foscari, de Venecia, cerró la sesión con más ficción dentro de la ficción: ¿Quién conoció a Greta Garbo?, de la argentina Norma Huidobro, le sirve a Portela para dar un paso más en un tema que estudia con detenimiento: la recepción de los mitos del cine en la literatura. Simulacros, elementos mediáticos y cultura de masas aparecen en esta obra detectivesca.

Anastasio Kanaris reivindica la edición y lectura de algunos buenos novelistas griegos, al margen de Petros Markaris, un autor de sobra conocido y traducido a muchas lenguas. Por ejemplo, a un pionero, Yannis Maris. Maris escribió 34 novelas policiacas, reflejando la Atenas de la alta sociedad, con crímenes relacionados con la extorsinos. Su comisario protagonista, Giorgios Becas, un personaje en la línea del Jaritos de Markaris, con una influencia común en Simenon, aunque si el belga trataba a sus personajes con cierta compasión, los griegos hacen gala de un mayor sarcasmo y cinismo. Él siembra el estilo, donde lo que importa es el paisaje social más allá del caso criminal planteado, y la fuerza de los personajes. Maris siguió escribiendo en condiciones adversas, con un pensamiento de izquierda, incluso sufriendo la censura de la época de los Coroneles. Murió en 1979. Los años ochenta apenas cuentan con autores, aunque la editorial Agra comienza a publicar a los clásicos extranjeros, una labor que dignifica al género, sacándolo de su circuito de venta en quioscos y apostando por buenas traducciones. La primera mitad de los años noventa es prácticamente una travesía por el desierto, pero alrededor del 95 llega la nueva generación: Markaris, Petros Martinidis, Filipo, Andreas Apostolidis… Bandas organizadas, emigración, delito económico… son algunos de los temas con los que este grupo de escritores se adapta al cambio y acompaña de una manera crítica a la nueva sociedad griega.

Eva Parra ha trabajado sobre el tema de la transgresión en diversos estudios. Ha presentado a una escritora poco publicada en España, Petra Hammesfahr. «Dejad que jueguen los niños» fue una de sus obras más conocidas y a Parra le interesa especialmente por cómo la autora alemana subvierte los códigos clásicos del género negro y utiliza otra estrategia para mantener la tensión necesaria para atrapar al lector: la sopecha, la amenaza. No hay un crimen al principio de la novela, no hay un investigador, ni víctimas. Simplemente hay un hombre del que sospechamos constantemente que va a atacar a niñas –tema que ya estaba en la emblemática M, el vampiro de Dusseldorf– y la narración dosifica esa sensación de riesgo y nos hace ponernos en el lado del que puede sufrir la agresión. En un mercado donde la competitividad es alta, el género recurre frecuentemente a la transgresión para llamar la atención. Aunque el tema es de los más arduos que se pueden tratar en un libro, la autora sabe caminar por esa delgada línea.

Jesús Montoya se embarcó en un complejo juego de espejos al analizar la novela Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo, de Mario Lebrero. Desoyendo los consejos que Borges y Bioy Casares daban para una correcta escritura policiaca, el género del folletín se encamina por vericuetos mucho menos racionalistas. Levrero utiliza el sueño, la hipnosos, lo paranormal: un panorama en el que la trama detectivesca se diluye y cuyo final con puntos suspensivos podría enervar a los lectores más ortodoxos del género. Nick Carter es uno de los personajes con más vestiduras en la historia de la narrativa popular. Apareció por primera vez en 1886 y podría considerarse del dominio público, porque aparece y desaparece a lo largo de todo el siglo XX. Levrero no quiere escribir una aventura más, sino «apresar la imagen del verdadero Nick Carter». ¿Pero quién es Carter? ¿Quién es el escritor? Ficción y realidad mezcladas en un tiempo de verdadera desintegración del Yo.

Antonio Portela también viaja hasta Latinoamérica para encontrar un caso en cierto modo similar. Norma Huidobro, veinte años después de la muerte de Greta Garbo y casi setenta desde que dejara de hacer películas para vivir anónimamente, rescata a la gran diva del cine mudo en una novela por la que planea su personaje. Portela estudia esos curiosos fenómenos: cómo la literatura absorbe el imaginario de las estrellas de cine. Un enredo misterioso, una protagonista de quince años –Huidobro ha cultivado con éxito la narrativa juvenil–, simulacros, cultura popular y Greta en la memoria.

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