Enrique Urbizu, contra la violencia epidérmica

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La jornada de tarde comenzó con la presencia de Enrique Urbizu, cuyas dos películas más recientes, La caja 507 y La vida mancha, son todo un ejemplo de cómo hacer cine negro en España sin recurrir a tópicos importados. Estuvo Urbizu contundente y claro en sus opiniones en una ponencia con el sugerente título de “Delito, violencia y puesta en escena”. El cine negro es para él una herramienta para explorar la sociedad, para descubrir lo que rodea a ese fallo del sistema que podemos llamar delito. Quizá La caja 507 quede para siempre como la película –la única– que se atrevió con una historia en la que la corrupción urbanística y las mafias se alían para esquilmar la costa mediterránea. O algún otro sitio más. Una reacción contra la cultura del pelotazo y la recalificación salvaje. Dice Urbizu que le dicenn sus productores que, seguramente, esta película”, hoy no se podría ya hacer: demasiado dura, demasiado verdadera.
Parece que el público masivo prefiere otro tipo de cine que Urbizu no considera dentro del género negro: el de la violencia epidérmica, orientales en traje y con katana ejecutando complejas coreografías aderezadas con sangre de pega. La “tarantinización lo llama él. La hipervisibilidad al servicio de la nada argumental, donde no hay historia que contar ni conflicto entre los personajes: Miami Vice, Kill Bill o Pulp Fiction fueron objeto de sus irónicas puyas.
La presencia de Urbizu dio mucho más de sí. Trazó una columna vertebral de sus directores “negros” favoritos, buscando siempre a los heterodoxos, a los que preferían poner las tripas que apostar por el lado más esteticista: Raoul Walls, Sam Fuller.., Descubrió la negritud que se encierra en las películas mudas de Fritz Lang y habló sobre la falta de tradición del cine negro en España: “Aquí un señor con gabardina no es Phillip Marlowe, es un dependiente de El Corte Inglés que acaba de salir del trabajo”. Sus influencias a la hora de plantearse las películas están, sin embargo, más cercanas a la literatura que al propio cine. Y dio dos nombres, Jim Thompson y Chester Himes. Con eso está dicho todo.

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