Empezando a ver el rostro

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Sin problemas con los vuelos ni incidentes de última hora, la segunda jornada del Congreso ha contado con la presencia de Emilio Frechilla y Esther Álvarez, de la Universidad de Oviedo, quienes se han ocupado durante las dos primeras horas de la mañana de analizar diferentes manifestaciones artísticas de la figura del criminal. Se ha comenzado a ver, pues, el rostro del asesino y, de paso, el de la asesina, que no siempre coinciden.

Frechilla se ha centrado en la figura de los “serial killer”, o, como él los ha denominado, “los adictos al asesinato, esas gentes que no pueden ni quieren dejar de matar”. Profesor de Teoría de la Literatura, el primer conferenciante de la mañana ha desarrollado un riguroso análisis narratológico de las obras protagonizadas por asesinos en serie. Una investigación filosófica, El silencio de los corderos, Yo mato, El coleccionista de huesos o La falsa pista son algunas de las novelas de las que se ha hablado en su charla. Tildadas de best-sellers alimenticios por buena parte de la crítica, para Frechilla estas obras tienen la virtud de presentar “lo sencillo de forma compleja para poder entretener y mantener la atención del lector”, algo no tan fácil como se suele suponer.

Su colega de Universidad, por su parte, ha disertado sobre las mujeres asesinas, cuya presencia en la sociedad, y por extensión en la literatura y en el cine, ha provocado, según sus palabras, “una ansiedad social de enorme importancia al suponer una excepción en el régimen patriarcal que ha dominado siempre el mundo”. Hablando de prototipos como el “ángel del hogar” o la “viuda negra” y de mitos como la “vagina dentada” o la “mujer castradora”, Álvarez ha conseguido acongojar a todo el personal masculino de la sala. Su charla, aderezada con materiales audiovisuales obtenidos de algunas cintas clásicas del género, como El cartero siempre llama dos veces o El cuarto hombre ha servido para acabar con todos esos prejuicios que acostumbran a limitar el papel de la mujer en el género negro al rol de víctima o de encantadora abuelita sirviendo arsénico en tazas de té. Más allá de la pérfida “femme fatale”, la mujer mata, y mucho, en la novela negra actual. Novelas como La quinta mujer, de Henning Mankell, al que hoy se ha citado mucho, y bien, en el Congreso, o La juez y el asesino, de Alessandro Perissinotto, dan buena muestra de ello.

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