El trauma del héroe y geografías del crimen

11-abril-2011
Sin categoría- VII Edición

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Samuel Fernández Pichel, Sabastià Bennassar y Agustín Reyes Torres

La última mesa de comunicaciones del congreso ha juntado a dos investigadores sobre la literatura negra no occidental. Agustín Reyes Torres, de la University of Virginia y Universidad de Valencia, ha demostrado cómo estas narraciones pueden convertirse en una excepcional herramienta didáctica sobre el binomio que forma la globalización literaria y las particularidades de cada espacio y escritor, analizando las obras de autores árabes, africanos y asiáticos. Sebastià Bennassar, de la Universidad Pompeu Fabra, centra su punto de vista en el Islam del mediterráneo occidental, sacando algunas conclusiones que podrían aplicarse hoy mismo a las páginas de los periódicos: connivencia con gobiertos disctatoriales, relación entre pobreza y fundamentalismo, ignorancia europea de la vecindad con estos países… Samuel Fernández Pichel, de la Universidad Pablo Olavide de Sevilla, se enfrenta al género desde los relatos que laten en su interior. La teoría del trauma proporciona herramientas de análisis para realizar una lectura de títulos cinematográficos de las últimas décadas y comprobar cómo el género ha explorado una nueva figuración de la masculinidad heroica y un sentido de la culpa en cuyo epicentro reside siempre el dilema sobre la identidad femenina.

Agustín Reyes ha introducido el concepto de «glocalización» para hablar de una novela global, sin fronteras, con aspectos culturales propios, de cómo escritores de distintos lugares del mundo adaptan los códigos genéricos a su realidad y también al filtro de su propia subjetividad, que a menudo tiene que ver con la crítica social. Reyes considera que esta multiculturalidad es necesaria para una buena didáctica de la literatura, y ha repasado esas «geografías en negro» como ejemplos. En Marruecos nos encontramos a Abdelilah Hamdouchi, que en su obra toca temas como el matrimonio de conveniencia para obtener una nacionalidad, el tratamiento desigual de los crímenes cometidos contra extranjeros y contra nativos y la presencia de la policía como un vestigio del gobierno represivo. Su protagonista es un detective-abogado, que encarna a una nueva generación reivindicativa y que lucha por algo que parece tan básico como la presunción de inocencia. Al sur del continente africano, Reyes señala a dos autores: James McClure y su detective blanco que va dejando aparte sus prejuicios raciales al convivir con compañero de raza negra, y Deon Meyer, que pone voz a una nueva Sudáfrica, donde conviven subculturas y clases sociales, expresión de un nuevo pluralismo. En India destaca la obra de H.R.F. Keating, que publica desde 1966 con un protagonista con un fuerte sentido de la justicia, enfrentado a la clase alta. En su obra se refleja el sistema de castas y también la presencia de lo británico. En China, Cheng Xiaoqing dio vida al llamado «Sherlock de Shanghai», un científico chino llamado Huo Sang que itroduce la cultura racionalista y deductiva de su homólogo británico. Robert Van Gulik representa un caso distinto: este diplomático tomo prestado su personaje del Juez Di de una novela del siglo XVII y a través de él olvida su pasado occidental y se recrea en la cultura, la tradición y el folclore chinos.

Sebastià Bennassar centra su atención en la estrecha frontera que separa dos mundos, el mediterráneo islámico de la europa del euro. Norman Mailer, en su obra Los ejércitos de la noche, ya refirió la conexión entre la novela y la historia, y cómo la primera podría servir como fuente secundaria para establecer ese otro relato canónico que es la Historia. Cuando vivimos hoy mismo la llegada de miles de refugiados a la isla de Lampedusa y vemos la reacción del gobierno italiano, Bennassar analiza seis novelas que trazan de distinto modo una relación entre el norte y el sur del Estrecho de Gibraltar, alejándose del tópico del árabe como el personaje secundario dedicado al trapicheo, ejemplificado por el ponente en el Moromierda, personaje de la serie de cómic Makinavaja, de Ivá. En Harraga, Antonio Lozano narra la vida de los «harraga», los que queman los papeles, africanos que llegan a la frontera y se desacen de su documentación para no ser identificados y deportados, por lo que durante sus días de espera son literalmente «no ciudadanos».  Memoria mortal, de Didier Daeninckx, recrea la Masacre de París, la muerte de 240 argelinos a raíz de una serie de manifestaciones en 1961: se calcula que unos 65 murieron ahogados tras ser arrojados al Sena. Se sabrà tot, de Xavier Bosch, se ambienta en el desmantelamiento de las bandas terroristas islámicas del Raval en 2008, constatando la presencia de dos islames y la lucha entre sí de pakistanís y magrebís: «No hay nada peor para el último que llega que el penúltimo». Bennassar otorga a Morituri, de Yasmina Khadra, mayor valor documental que calidad literaria y sirve para preguntarse si el islamismo no será el poder que sustituye al comunismo tras la caída del Muro en los países pobres. El ladrón de meriendas, de Andrea Camilleri, habla de los tucecinos en Sicilia, de la tierra de frontera y de los servicios secretos y el terrorismos internacional. Por último, No se expiden visados para el paraíso de Alá, de Jean-Pierre Kofel, transcurre entre Francia, España y Marruecos con una trama de tráfico de armas y terrorismo-contraterrorismo, lo que le lleva a preguntarse si le revolución verde no estará acaparando todos los mercenarios que antes luchaban en centroamérica al servicio de las contrarrevolcuiones. Como conclusión, estas novelas negras incorporan el Islam sin arquetipos, son ágiles para relatar conflictos latentes, constatan la relación entre pobreza y auge del islamismo, ponen en evidencia la ignoracia europea respecto a estos pueblos así como la connivencia de sus gobiernos con algunos dictadores y luchan para evitar la desmemoria histórica.

Samuel Fernández ha analizado bajo la perspectiva de la teoría del trauma –fundamentada en aportaciones que van desde las evoluciones de la teoría psicoanalítica a la críticca feminista y post-estructuralista– la nueva figuración de la masculinidad en el cine negro, que en numerosas ocasiones ha incluido entre sus rasgos fundamentales la fascinación morbosa por lo femenino. Fernández busca esas «femeneidades evanescentes, deseos y culpa» en películas de las últimas décadas que incluyen ese cuestionamiento de la figura heroica masculina: Carretera perdida, de David Lynch; Memento y Origen, de Christopher Nolan; Vanilla Sky, de Cameron Crow, y Shutter Island, de Martin Scorsese. La teoría del trauma se basa en la incapacidad para superarlo, bien sea colectivo o individual, la presencia de la herida. Es un tema central en nuestra cultura, pero se convierte en una aporía: es difícil de representar. Los quiebros y los giros sobre sí mismo del relato son una característica del neonoir, cuyo héroe sufre un trauma originario: el homicidio o agresión contra lo femenino. La mujer aparece bajo un proceso de idealización: la película seminal en este aspecto es Vértigo, de Alfred Hitchcock. Las características del héroe masculino serían una conciencia de culpa; la imposibilidad del retorno, con una circularidad en la pesadilla, personajes que mienten; incapacidad de asumir una alternativa al arquetipo problemático de lo femenino; una erosión de la clausura ideológica del conflicto: no habrá final feliz. Todo ello tiene como consecuencia un vaciado del modelo heroico.

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