Cuerpos y huesos: ficción y realidad en televisión

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Osvaldo di Paolo y María Marcos

La televisión no podría vivir sin jugar a policías y ladrones. Policías, forenses, agentes secretos, investigadores que leen la mente, especialistas que analizan huesos… el lenguaje del suspense parece haberse extendido a toda la parrilla televisiva. Traemos dos casos bien distintos: Osvaldo di Paolo, de la Austin Peay State University, se apega a la realidad y desmenuza el caso de Emilia Basil, una mujer homicida, haciendo bueno aquello de que a veces la ficción cuenta mejor lo que pasa que los relatos periodísticos. María Marcos Ramos, de la Universidad de Salamanca, analiza minuciosamente Bones, una serie de ficción construida con los elementos que definen a la nueva ficción televisiva: continuidad y variación, personajes arquetípicos bien construidos y el siempre cautivador recurso de la tensión sexual no resuelta.

La periodista de investigación argentina Marisa Gristein recopiló famosos casos de mujeres asesinas en la pasada década, con tal éxito que incluso de llevaron a la pantalla. Uno de ellos fue el de Emilia Basil. Resumiendo: Emilia es una parte de un triángulo amoroso formado por su marido y el dueño de un restaurante encima del que vive la pareja, su amante. Este la presiona y amenaza con desvelar todo el asunto y ella decide cortar por lo sano, literalmente: mata y descuartiza el cadáver. Las partes aprovechables las sirve cocinadas en el restaurante, el resto las tira a la basura, error que la lleva a ser descubierta en solo veinticuatro horas. Di Paolo enfrenta los relatos periodístico y televisivo del suceso de Emilia Basil y llega a una conclusión: «las notas periodísticas sobre estos crímenes perpetúan los estereotipos de la mujer —docilidad, apacibilidad, sentimentalismo, afabilidad, intuición, fragilidad, monogamia, sumisión, timidez y pasividad— construidos por una sociedad patriarcal, condenando toda desviación a la norma establecida». La introducción de una estrategia propia de la ficción –el cuento literario– en la crónica informativa, hacen que su adaptación televisiva tome los rasgos del género policial y sirva para reflexionar sobre los condicionantes de violencia doméstica que llevaron a Basil a convertirse en homicida. Estos «cronicuentos» toman lo mejor de cada género: una claridad y sencillez expresiva, con párrafos breves y frases contundentes; una estructura que se aleja de la pirámide invertida y apuesta por el relato cronológico, y la introducción de emociones y contextos de los personajes. Emilia, inmigrante, con pocos recursos económicos y víctima de un síndrome de violencia doméstica, es puesta ante la justicia, pero el juez espera que la mujer mate por miedo, y no por ira. La mirada femenina de Marisa Gristein examina y piensa a la mujer, mientras que los relatos periodísticos se centran en lo más escabroso del descuartizamiento. Este género de la mezcla de realidad y ficción proliferó en medio de la crisis económica argentina, con índices de aumento del crimen y la violencia muy elevados.

María Marcos se declara adicta a las series y el estudio que ha presentado en el congreso demuestra que ese tiempo no es perdido. Productos hechos para el entretenimiento propio del medio, pero que han conseguido elevar su nivel de calidad, variedad y narración hasta el punto de que se habla de sucesivas edades doradas de la ficción televisiva… norteamericana. Bones es un ejemplo de que la industria es solvente: «no es Los Soprano, no es Mad Men…», pero funciona, dice María Marcos. La protagonista principal es la doctora Temperance Brennan, antropóloga forense del Instituto Jeffersonian, que trabaja junto al agente especial del FBI Seeley Booth. Ella se dedica a examinar huesos para esclarecer asesinatos, a caso por semana en nuestras pantallas. Marcos ha analizado las variantes que hacen que la serie tenga un público fiel, en lo que denomina «éxito silencioso»: sin duda, la intriga como factor principal, pero también los mecanismos de serialidad que tan bien definieron Sánchez y Balló y la construcción de los personajes. Brennan es una mujer independiente, liberada, una especie de Don Juan femenino. Booth podría ser un Ulises moderno, un viajero amnésico, y entre ellos se establece una relación de importancia creciente, que remite a la pareja Holmes (ella) y Watson (él). La estructura serial de este tipo de producciones hace que la narración se vuelva amnésica: cada capítulo es autoconclusivo y no nos importa que todo vuelva a empezar de nuevo cada semana, sino que exigimos esa permanencia de tramas, rasgos psicológicos y espacios vitales, ese Instituto Jeffersonian que conserva la memoria de los personajes y les ofrece personalidad. La tensión sexual no resuelta, quizá el primer mandamiento de los guionistas para hacer que una serie basada en una pareja perdure, caracteriza una relación personal que acaba siendo tan importante, a la larga, como el caso de asesinato de cada capítulo. María Marcos nos ha desvelado de forma rica y precisa ese entramado oculto que hace que nos sentemos con puntualidad y –por fin– sin culpabilidad a ver qué les ocurre hoy a esos nuevos amigos que salen por la tele.

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