Con sabor a clásico
En 1982, la Sociedad Chandler, formada por estudiosos y aficionados de la obra del legendario escritor estadounidense, comenzó un proceso de selección destinado a buscar al autor más idóneo para completar Poodle Springs, la última e inacabada aventura de Philip Marlowe. La elección de Robert B. Parker como continuador del legado del clásico autor hard-boiled no pudo ser más afortunada. El estilo de Parker, ya por entonces uno de los más reputados escritores americanos de género negro, no sólo era deudor -tanto que en ocasiones era casi mimético- de toda la literatura chandleriana, sino que sus personajes parecían sacados de cualquiera de las obras protagonizadas por Marlowe. Cínicos, duros y dotados de ese romántico y personal compromiso típico de los protagonistas de Chandler -ésos que podían seducir duquesas, pero que jamás se atreverían a tocar a una virgen-, los seres creados por Parker parecían deambular siempre en el ambiguo límite situado entre el bien y el mal, con conexiones con ambos y sin saber muy bien hacia que lado dejarse caer.Buen ejemplo de esa dualidad es Spenser, el detective protagonista de gran parte de sus novelas, cuya última entrega -Cien dólares baby- acaba de ser publicada por la editorial Belacqva. Con buenas conexiones tanto con los bajos fondos como con las fuerzas del orden, el detective representa el clásico modelo de investigador hard-boiled, violento cuando la ocasión lo merece y tremendamente bondadoso cuando así se requiere. Es precisamente su generosidad la que, unida a su compromiso con la palabra dada, le lleva a acudir en su último caso al rescate de una vieja amiga que necesita sus servicios. April, la jefa de un selecto servicio de prostitución, solicita su intervención para poder acabar con unos actos de chantaje y extorsión que amenazan con aniquilar su negocio. De este modo Spenser se verá envuelto en una oscura trama en la que nada es lo que parece y en la que junto a empresarios de éxito se mezclan mafiosos de baja estofa. Con todos ellos tendrá que bregar el detective -y su inseparable ayudante Hawk- para aportar luz a un caso cuya resolución hará aún más intensa su habitual sensación de soledad y hastío. Como Philip Marlowe y otros tantos personajes clásicos del género, Spenser proyecta una imagen crítica sobre el mundo de la que casi nadie parece salir bien parado. Aséptica, directa y tremendamente ágil, la obra basa la fluidez de su estilo en unos diálogos tan secos y cortantes como irónicos y agudos. La novela mezcla con maestría acción y conversación de tal modo que, a pesar de que todo pasa por el inevitable filtro del narrador -Spenser, que cuenta todo en primera persona- es el lector el que puede sacar sus conclusiones de lo relatado gracias al carácter objetivo de una narración en la que todos los personajes aparecen definidos fundamentalmente por lo que hacen y, sobre todo, por lo que dicen. En esos diálogos sobresale la magistralidad del autor para poner en la boca de Spenser réplicas ingeniosas, no exentas de sarcasmo, inteligencia, mala uva y fanfarronería. Así, parece evidente que el espíritu de Marlowe está presente cuando suelta un “¿va a decirme quién es usted o tengo que cachearla?” a su cliente cuando ésta, irreconocible tras el paso del tiempo, entra en su despacho. Guiños como ése, así como todo el tono y la construcción de intriga de la obra, hacen que Cien dólares baby no defraude a los amantes de la literatura negra más clásica ni a quienes, en pleno siglo XXI, deseen recuperar un texto manierista pero efectivo capaz de recuperar el mejor aroma de otros tiempos.