Crímenes de campus

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Cultivada por autores tan heterogéneos como Tom Sharpe, David Lodge, Philip Roth, Guillermo Martínez, Josefina Aldecoa, J.M. Coetzee o Javier Cercas, la novela de campus –anglosajona en su origen, pero universal en la actualidad, en la que el modelo de campus norteamericano, sin vida pero con miles de zonas verdes, parece imponerse por todo el mundo– se ha constituido como uno de los subgéneros narrativos más prolíficos de las últimas décadas. Satíricas y mordaces, estas novelas sitúan sus tramas en espacios universitarios, siendo las rencillas y envidias de los docentes –fieles cumplidores de esa ley de la competencia académica de “publicar o morir”– las protagonistas de muchos de sus argumentos. La tensión entre los a priori civilizados miembros del claustro llega en ocasiona a extremos de inusitada violencia y crueldad, e incluso al asesinato –hasta ahora, y que sepamos, sólo en la ficción–.

Javier García Rodríguez, profesor de Teoría de la Literatura de la Universidad de Valladolid, ha analizado durante la jornada de esta tarde las conexiones de diversas novelas de campus con el género policiaco. Centrándose en los casos de Carol Shields, Batya Gur o Amanda Cross –pseudónimo de Carolyn Huilbrun, profesora de Humanidades de la Universidad de Columbia y activa feminista que se suicidió hace algunos años–, García Rodríguez ha esbozado una pequeña teoría sobre lo que él mismo ha denominado “novelas de teóricos criminales”. Plagadas de referencias teóricas y guiños metaficcionales, las novelas de campus de temática criminal no sólo suponen una voraz crítica contra el sistema educativo y los vicios que genera, sino también un ataque, plenamente posmoderno, contra todo lo establecido. De lo que hay, y mucho, en los ambientes académicos.

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