¿Cómo se escribe un thriller?

26-abril-2018
Noticias- XIV Edición

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Rodrigo Sorogoyen (1981) estuvo esta tarde con nosotros en el Salón de Actos de la Facultad de Traducción compartiendo muchas experiencias, pensamientos y reflexiones sobre el oficio de guionista y la labor de director. El cineasta, autor de películas como Stockholm (2013), Que dios nos perdone (2016) y El reino (2018), pendiente de estrenar el próximo septiembre, fue desgranando poco a poco, a lo largo de una charla que se construyó desde el intercambio constante de preguntas y respuestas con el público, los mecanismos creativos que le permiten realizar un filme desde la primera idea, prácticamente, hasta el montaje final. Desde sus inicios (es licenciado en Historia por la Autónoma de Madrid y estudió guion de cine en la ECAM una vez finalizó la carrera), Sorogoyen tuvo siempre claro que lo primero que hay que seleccionar cuidadosamente a la hora de configurar un guion es «el tema, que debe atarte constantemente a la historia mientras la escribes». De este modo, ya desde Stockholm, en la que se trata la violencia de una forma, digamos, más ambiental, tanto él como su inseparable colaboradora Isabel Peña tuvieron claro que en Que dios nos perdone «escogimos la violencia y la atamos al contexto: corría mayo de 2011 y se veía en el centro de Madrid una amalgama de seres y de situaciones adecuadas para una película, con las concentraciones de indignados, la visita del Papa y ese germen que fueron para nosotros las imágenes brutales de los antidisturbios pegando a la gente a diestro y siniestro». El modo en que una persona ejerce la violencia como profesión y luego vuelve a su vida cotidiana y familiar, explicó el director, hizo que se planteasen recrear el motivo de ese «triángulo de violencia» que configura la historia de Que dios nos perdone, con «tres personajes que son violentos de distintas formas». La trama, con la clásica investigación de asesinato como esqueleto, «no es original, por lo que buscamos la originalidad en los giros e intentamos darle a la historia la mayor verosimilitud posible». Pero, ¿cómo conseguir esa verosimilitud, especialmente en los diálogos? El guionista responde: «Haciéndolos lo más coloquiales y verosímiles que podemos, y si vemos que en el rodaje no suena bien, le damos libertad al actor: lo importante es que la frase suene bien en tu cabeza, la verosimilitud manda». En este sentido, y ya a nivel de dirección, Sorogoyen relató el proceso de maduración que siguió a la hora de plantear la primera parte de la película casi cámara al hombro, como «un documental sobre el trabajo policial», y la segunda mitad, «a partir de la persecución y cuando la película va mutando hacia una violencia cada vez mayor y hacia una historia de personajes», con «una intención cada vez más estética, de cámara aposentada, no sé por qué, quizá por una especie de crítica al modo en que se trata la violencia en los medios». Sobre su nuevo filme, El reino, cuyo tráiler acaba de estrenarse en las plataformas digitales, desveló que en ella inventan «un caso de corrupción ficticio emplazado en el año 2007 que es, resumiendo, como si Bárcenas tirase de la manta; la película cuenta la lucha encarnizada entre un político corrupto de clase media y su partido que ya no le apoya, que le deja solo». El guionista recalcó que el momento de escritura de la película, el año 2016, fue un «momento muy brutal de mucha corrupción», no porque ahora haya desaparecido (qué lejos estamos de eso), sino porque en aquellos meses estaba incluso más presente en los medios, con nuevos casos destapándose cada día. La trama, esta vez, «es muy frenética porque quisimos dar respuesta a la pregunta de ¿pero esta gente es consciente de lo que está haciendo? Quiero pensar que no, entonces dibujamos un tipo de trama en la que el personaje nunca para, no piensa, no reflexiona, y en la que el thriller va apareciendo muy poco a poco». Preguntado por cuáles son sus referentes cinematográficos, el director madrileño respondió que «Paul Thomas Anderson, de los contemporáneos, es mi ídolo», y que le fascina el cine de los 70, por ejemplo Sérpico (Lumet, 1973) por su «atención al contexto y los personajes y no tanto a la trama», o Todos los hombres del presidente (Pakula, 1976), entre otros méritos por la habilidad narrativa que demuestra el hecho de construir una película tan larga y entretenida con «gente que solo habla, que habla todo el tiempo»; también mencionó, como no podía ser de otra manera, a Fincher, cuyas Seven (1995) o Zodiac (2007) admira sin reservas. Ante la diatriba de tener que elegir entre su labor de guionista o la de director, se queda con ambas: «escribir es más cómodo, pero me siento más vivo en el rodaje». Rodrigo Sorogoyen se fue señalando que, para sus próximos proyectos, piensa en la realización de un largometraje a partir de su último corto, Madre (2017), y que le gustaría llevar a la pantalla historias de todo tipo de géneros, aunque «no una adaptación de una buena novela», dijo, al preguntarle Àlex Martín si existe alguna gran historia de la literatura que le interese llevar a imágenes: «cuando una obra es buena, es mejor respetarla y dejarla como está». Esperábamos una charla y asistimos prácticamente a una master class para guionistas: nunca se sabe por dónde nos puede sorprender el Congreso Negro.

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